Gran tarde de toros y toreros en Cabra

Fotografías de Mauricio Berho

Actuación muy notable de la terna, que se reparte siete orejas y además un rabo para Borja Jiménez.

Corrida especial, de muy buena clase, con el hierro del Capea.

Por Mauricio Berho

Ficha. Cabra. 4 de abril de 2026. Media plaza. 6 toros del Capea, de buena presentación, y juego sobresaliente. Los de mejor condición, 2º y 6º, ambos premiados con la vuelta al ruedo. Sebastián Castella, oreja y oreja. Miguel Ángel Perera, dos orejas y oreja. Borja Jiménez, ovación tras aviso y dos orejas y rabo.

Detrás del comportamiento de estos toros del Capea hay una intención clara, reconocible, casi obstinada de su criador: la del buen gusto. Un gusto que no se disfraza, que no busca atajos, y que hoy, visto lo visto, ha quedado plasmado en el juego de una corrida especial. Porque no fue una corrida cualquiera. Hubo clase, sí, pero no esa clase fácil que se deja ver sin coste. Hubo hondura. Y la hondura, en el toro, siempre es cosa seria, porque obliga también a una verdad del otro lado. El encierro tuvo un denominador común: animales con calidad, con su punto de exigencia, con esa manera de embestir tan específica del encaste, que pide sitio, colocación y paciencia.

En el cartel, dos toreros ya hechos, de esos que no necesitan demostrarse nada, salvo seguir siendo ellos mismos; y un tercero, Borja Jiménez, en un momento de afirmación, con su verdad arrolladora de tremenda ambición. Todos salieron a defender su sitio, y ahí empezó a ordenarse la tarde, porque si algo quedó claro en Cabra es que no bastaba con dejarse llevar. La tarde fue de competencia.

Miguel Ángel Perera lo entendió pronto y brilló especialmente con el toro que abrió plaza. Porque el primero de la tarde tenía ese fondo que no se entrega de primeras, ese ritmo que hay que llevar muy en la mano, sin brusquedad. Y ahí aparecieron sus podereres: firme, asentado, basó su faena en la mano derecha, por donde el toro se fue alargando con más verdad. La faena fue creciendo poco a poco, paciente, templada, sin alardes. Las dos orejas fueron la consecuencia lógica de lo bien hecho.

Sebastián Castella, sobrado de oficio, ejecutó una faena de recursos frente a su primero, un toro de menos viaje y entrega. El francés la sostuvo quedándose en el sitio, bien colocado y muy técnico. En el segundo, con mejor condición, todo fluyó de otra manera. Hubo muletazos más sueltos, más ligados, momentos de alto nivel. Y la sensación de administrar la tarde con naturalidad, sin estridencias, disfrutando del toreo.

Borja Jiménez no esperó a que la tarde viniera, sino que se lanzó a por ella desde el primer minuto. Se le ve con la hierba en la boca, convencido de todo lo que hace. Hubiera cortado las orejas en su primero, pero falló con los aceros, así que aguardó al sexto para desquitarse. Sin especular ni un instante, pisándole de verdad el terreno a su oponente, fue construyendo una faena pasional, más sentida que pensada, de esas que brotan sin estar preconcebidas. Hubo entrega, hubo conexión, toreo lentísimo y una enorme determinación. La de ir a por la tarde sin mirarla de reojo. Tras estocada hasta la mano le cortó el rabo al excelente toro del Capea. El otro gran protagonista de la tarde.

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